Ir al contenido principal

Vestido floreado

Ella despertó al fin. Todos esperaban en silencio, casi ni se les oía respirar. ¿Qué pasa? dice ella. Nadie contesta, todos seguían en el mismo estado. Se levantó del suelo, miró lo que traía puesto, y esbozó una sonrisa. Era el vestido floreado que su madre le obsequió cuando cumplió 13. ¿Aún me queda? se preguntó extrañada en sus adentros. Se colocó las sandalias y luego su mirada se clavó en la extraña ventana que estaba hacia su derecha. Era más grande de lo normal, cuadrada y profunda como el grosor de un malvavisco gigante.

Tenía ganas de ir y sentarse en ella, pues aparte de ser espaciosa, tenía apariencia de ser esponjosa y cómoda. Avanzó unos tres pasos y miró a través de la misteriosa ventana, asomando solo un poco su cabeza. No se atrevía a acercarse más, pues lo que veía lograba asustarla. Se veía ella misma caminando de la mano de alguien. Era pequeña, de cabellera larga y ondeada. Curiosamente llevaba puesto el mismo vestido floreado que ella lucía en ese preciso instante.

Volteó y volvió a ver a las personas que esperaban por ella. No decían nada, no movían ni un músculo. Todo era extraño; las personas que la rodeaban en silencio y lo que veía a través de esa ventana. Incluso, ella misma se sentía extraña con ese vestido floreado, que hasta ese momento no lograba explicarse cómo fue que le entró. Se acercó un poco más a la ventana cuando de pronto sintió un brusco jalón. Abrió los ojos y estaba ella en cama, una mujer, extraña para ella, sostenía su mano y la miraba con amor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ella y yo

Caminamos de la mano como si siempre nos hubiéramos llevado bien. Tú juegas mientras lo haces y yo no te quito la mirada de encima. Te das cuenta que lo hago, y de inmediato me nuestras aquellos dientes tan chistosos que tienes. Eres tú, jugosa, que, a pesar de no entender mucho sobre el mundo de los "grandes", no dejas de bailar, reír, componer canciones y crear tus propios cuentos. Incluso, después de haber juntado un poco de lágrimas en tus tacitas de juguete, no te detienes y te las ingenias para ofrecernos, con dulzura, una deliciosa taza de café. "¿Me lees un cuento?", me dices cada vez que nos quedamos solas en casa. Debo admitir que, en un principio, me costaba darte mi atención. Y es que siempre he disfrutado de mi soledad, de leer un libro con música baja, ver alguna película sin interrupciones, o simplemente sentarme en el balcón y ver nuestro gran parque de al frente, que, por cierto, ahora tú lo llamas: "El parque del popo".  Aún así, ...

Zen Zen

Este es el inicio de un nombre “raro” con algunos toques chinos. Dicen que "Zendy” es un nombre tan extraño que no saben si suena dulce o misterioso, o quizás tiene de ambas. Cuando han deseado saber su procedencia, los he decepcionado diciéndoles  que no tiene significado alguno, pues un día lluvioso, según cuenta mi madre, mientras se encontraba leyendo, un colibrí se posó por varios minutos sobre el libro que tenía en el vientre, justo en la palabra Zen. Ella quedó fascinada, y así fue que decidió incluirla dentro del nombre que ya había estado rondando por su cabeza. Nací, toda sambita, por cierto, y con el tiempo, mi nombre ha ido cambiando aún más. Para algunos soy  ”Zeny”, para otros, ”Zen”, y si quieren volver a ser niños, me llaman “Zen Zen”. ¡Esa soy yo! No les niego que he considerado volver a preguntarle a mi madre, si la historia que me contó era cierta o no, pero creo que es mejor seguir pensando que lo fue. Si bien es cierto, eso no aclara el signi...

Lo de siempre, por favor

Allí estaba yo, sentada, mirando el infinito del mar. No sentía lo mismo que antes; esta vez, estaba cansada, muy agotada. Cerré por unos momentos los ojos y me dejé acariciar, nuevamente, por la brisa del viento. Mientras lo hacía, sentí las voces de dos jóvenes al lado. Él le decía: “Me encantas”, pero Ella solo asentía con la cabeza y trataba de dibujar algo parecido a una sonrisa. ¿Que cómo lo sé si tenía los ojos cerrados? Pues Él se lo dijo: “siempre lo haces (…)”. Mientras mantenía los ojos cerrados, el mozo finalmente decidió acercarse a mí con una sonrisa cálida,  y preguntó qué iba tomar; “lo de siempre”, le dije. Él no tuvo más remedio que mostrar todos sus dientes, tras alargar aún más esa curva feliz de sus labios. “Me encantaría saber qué es lo de siempre, amable señorita”, dijo Él con una nueva sonrisa, pero esta vez algo más pícara. “Bueno, lo de siempre es: un café americano sin azúcar y cualquier postre, agridulce, que me recomiendes”, esbocé, sin quitarle la ...