Ir al contenido principal

¿Me ves?

Todo empezó a oscurecerse de manera extraña. Sus manos temblaban, pero aún así, ella empezó a dibujar dos de sus caminos más largos en sus delgados labios. Antes de abrir la puerta que tenía en frente, decidió apagar por unos segundos más sus dos grandes y redondos ojos. Los abrió y pudo contemplar de nuevo los colores de cada espacio, de cada mirada, y sobre todo, los colores y matices de la vida. "¡Aquí vamos de nuevo!", dijo ella con una voz tan fuerte que casi endulzaba el oído con cada letra desprendida de su boca.

Abrió la puerta y allí estaban. Todos reían mientras contaban o escuchaban historias de sus fantásticas vidas. Empezó a caminar despacio hacia la salida cuando de pronto alguien la detuvo. El poder de su voz la cautivó tanto que la dejó casi sin respirar. Volteó despacio y allí estaba él, mirándola de la misma manera que hace algunos años, cuando sus ojos se presentaron por primera vez. Ella quiso evadirla pero él no lo permitió, corrió hacia ella y la abrazó de repente.

"Lo siento", dijo él mientras sus brazos rodeaban su delgada espalda. A pesar que ella había olvidado cómo responder a tan profunda declaración de afecto, sus brazos no lo hicieron. Se quedaron allí por unos segundos cuando ambos decidieron soltarse con mucha calma. Se volvieron a mirar, y antes que él volviera a pronunciar algo más, ella habló en silencio dibujando cada palabra con delgados pinceles de luz. Y allí estaban ellos, de pie frente a una brillante y redonda luna que los desnudaba con su intensa tranquilidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ella y yo

Caminamos de la mano como si siempre nos hubiéramos llevado bien. Tú juegas mientras lo haces y yo no te quito la mirada de encima. Te das cuenta que lo hago, y de inmediato me nuestras aquellos dientes tan chistosos que tienes. Eres tú, jugosa, que, a pesar de no entender mucho sobre el mundo de los "grandes", no dejas de bailar, reír, componer canciones y crear tus propios cuentos. Incluso, después de haber juntado un poco de lágrimas en tus tacitas de juguete, no te detienes y te las ingenias para ofrecernos, con dulzura, una deliciosa taza de café. "¿Me lees un cuento?", me dices cada vez que nos quedamos solas en casa. Debo admitir que, en un principio, me costaba darte mi atención. Y es que siempre he disfrutado de mi soledad, de leer un libro con música baja, ver alguna película sin interrupciones, o simplemente sentarme en el balcón y ver nuestro gran parque de al frente, que, por cierto, ahora tú lo llamas: "El parque del popo".  Aún así, ...

Te vi alguna vez

Tanto tiempo ha pasado desde aquella vez en 'Brujas'. Me acuerdo tu primera impresión al verme, no sé si te sonrojaste o simplemente sonreías en tus adentros. Es algo que nunca sabré, pues no eres una persona que deje salir con frecuencia sus sentimientos. Con esto no quiero decir que sea algo malo, pero a veces debes tener mucho cuidado con eso; las personas, como yo por ejemplo, pueden pensar que el miedo ha ganado la batalla y por ende, ha opacado la hermosura del ser que un día se presentó de la nada. Así es como recuerdo todo, de hecho, siempre pensé que después de aquel día, jamás volvería a toparme con tus redondos y grandes ojos. No sé si ahora estés leyendo esto, pero después de haber borrado cada letra escrita en aquel cuaderno azul, me es sorprendente que sigas interesado en mis palabras. Sé que era importante para ti, pero créeme, para mí lo fue aún más. Te preguntarás por qué. Es simple, las hojas en las que escribías eran aquellas pequeñas partículas de algo ...

De camino a casa con un gato

Mientras caminábamos de regreso a casa, él no dejaba de mirarme. Yo mantenía la mirada al frente, pues si volteaba hacia él, mis ojos delatarían lo frágil que me sentía en ese pequeño momento. Sus manos empezaron a acariciar las mías y el viento, sin quedarse atrás, hacía lo suyo con mi rostro. “No lo merezco”, me decía, pero él, sin decir una sola palabra, decía lo contrario. Yo lo sabía, porque podía escucharlo. De pronto, sentí unas pequeñas gotas débiles sobre mi rostro, entonces recordé lo bien que me hace el invierno por sus refrescantes lluvias. Mis ojos automáticamente se guardaron, mi respiración se hizo más profunda y mis labios se hicieron más largos y delgados, símbolo de la felicidad. Él no resistió más y me cobijó suavemente en sus brazos; ya había olvidado lo segura que me sentía en ellos. Nuestros pasos se hicieron más lentos, más suaves, mientras las ramas de los árboles bailaban con cautela a los lados. Saqué del bolsillo derecho mis audífonos, los conecté al c...